El Camino Hacia el Cambio es un Esfuerzo Desafiante pero que Vale la Pena

 

Andrea Montalvan Apagueño de la comunidad de San Juan de Puritania (Loreto, Peru), ha sido una promotora comunitaria para Minga Perú durante más de una década y es todo lo que esperaría que fuera una líder comunitaria: habladora, segura, compasiva y dedicada. Ella toma su rol en serio y le apasiona mucho levantar a otros. Y debido a que es una lideresa de la comunidad, nunca se sabe que su viaje de vida se ha afectado por la violencia doméstica y una lucha contra la baja autoestima.

 

Durante su infancia, Andrea se vio atrapada en un ciclo de violencia que afecta a muchos hogares en la Amazonía Peruana. Hasta los 17 años, Andrea había sido abusada física y verbalmente por sus padres. A medida que creciera y comenzara una familia propia, Andrea continuaría este ciclo con su pareja y sus cuatro hijas. Cuando se sentía frustrada con su familia, ella atacaba y las regañaba.

 

“Cuando era niña, nunca pude confiar en mis padres porque eran abusivos física y verbalmente. Desafortunadamente, esto les sucede a muchas personas aquí en Loreto, no solo a mí,” explica. “Hay muchos niños que son maltratados por sus padres porque ellos también fueron maltratados cuando eran niños.”

 

Andrea estaba traumatizada por años de abuso psicológico, físico y verbal, lo que la hizo sufrir sentimientos de insuficiencia, y esos sentimientos alimentaron a que su vida se convierta en un círculo vicioso. Andrea se sentía atrapada en este ciclo aparentemente interminable cuando escuchó por primera vez sobre Minga.

 

Un día, se encontró con una mujer, llamada Amarilis, que estaba trabajando para Minga. Estaba en la comunidad para hacer entrevistas con estudiantes de secundaria, corresponsales del programa de radio Bienvenida Salud. Curiosa por el trabajo que Amarilis estaba haciendo con los estudiantes, Andrea decidió iniciar una conversación. Aprendió que Amarilis trabajó con la comunidad en varios temas como la autoestima, la violencia familiar y la salud sexual. Después de escuchar por un momento, Andrea habló y dijo algo que cambiaría su vida.“Señorita, yo también quiero aprender.”

 

Andrea asistió a su primer taller de Minga unas semanas más tarde en su comunidad donde hablaron cómo criar a los niños con amor, cuidado y comunicación saludable. Aunque estaba dedicada a aprender más y a cambiar la vida, la autoestima de Andrea le impidió ser una participante activa. Recuerda sentarse callada en la parte de atrás durante toda la sesión, avergonzada de que pudiera decir algo incorrecto. Pero con el tiempo y algunas sesiones más, Andrea comenzó a abrirse y a sanar sus heridas a través del proceso de aprendizaje.

 

“Durante una de nuestras conversaciones, comencé a llorar porque era la primera vez que tenía una discusión abierta sobre la violencia doméstica,” dijo. “Cada lágrima derramada me recordaba cómo había maltratado a mis hijos y cómo mis padres me habían maltratado a mí”.

 

Durante los siguientes seis años, Andrea trabajó duro para cambiar su comportamiento y arreglar las cosas con su familia, aunque no fue nada fácil. Su primer impulso fue continuar interactuando con su familia como siempre lo había hecho, pero, a través de su entrenamiento, aprendió nuevos modos de comunicación. Si tenía ganas de pegarle a sus hijas, respiraría, se calmaría y diría “No, no haré esto”. Cada vez que tenía ganas de discutir con su esposo, se recordaba que, al final, ella siempre se sentía mejor cuando hablaba con calma sobre el problema. “La conversación lo es todo y nunca puedes justificar la violencia,” se repetía a sí misma. Y paso a paso, Andrea luchó por mejorar las cosas entre su familia.

 

Ahora, 12 años después de su primera sesión con Minga, Andrea está usando su propio viaje personal y ayudando a otros a cumplir su rol como promotora comunitaria de Minga. No solo brinda talleres sobre violencia familiar, sino que también va de casa en casa en su comunidad, educando a sus vecinos. Si se entera de que una madre está abusando físicamente de su hijo, Andrea irá personalmente a la madre y tratará de tener una conversación. Si se entera de una pareja en una relación abusiva, también los visitará. Andrea es hábil en usar su historia como una oportunidad de aprendizaje, basando su intento de ayudar a sus vecinos en la empatía, el no juzgar y la compasión. Ciertamente tiene mucho de qué estar orgullosa y, mirando hacia atrás, sabe que ha recorrido un largo camino.

 

“El cambio no es fácil, pero es posible,” dice con confianza. “Y si nosotras, como mujeres, decidimos cambiar para el mejoramiento de nuestros hijos y la comunidad, podemos romper este ciclo y liberarnos de estos problemas”.

 

Mirando hacia adelante, Andrea no tiene planes de disminuir su trabajo y dedicación a su viaje de aprendizaje. Por su propia voluntad, cambió la trayectoria de su vida, poniéndose a sí misma y a su familia en el camino hacia el éxito. Y con suerte, a lo largo del camino, la historia de Andrea ha impactado a quienes la rodean y los ha inspirado a ser audaces, profundizar y hacer un cambio profundo en sus vidas también.

 

 

 

Durante más de 22 años, Minga ha empoderado a más de 1,200 mujeres de 50 comunidades remotas y aisladas de la Amazonía peruana, lo que representa una de las áreas más marginadas del país y de la región. A través de la capacitación de empoderamiento, Minga se ha asegurado de que mujeres como Andrea aprendan liderazgo, comunicación y autoestima como una forma de construir hogares más unidos, libres de violencia.

 

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